Visitas de la semana

14 febrero 2013

Margarita


Hay sol, pero no hay calor. Aquí me encuentro yo de nuevo, su compañera incondicional, aquí la espero siempre, justo en la ventana, medio cubierta con la cortina violeta. Creo que tuvo pesadillas, despertó asustada. Yo no sé lo que es tener pesadillas, no duermo. Sólo observo la habitación y de vez en cuando ella me mueve y alcanzo a ver la calle, pero no me agrada es muy ajetreado, lo carros a toda velocidad, personas maldiciendo, caminando a prisa –lucen tan desconsiderados- humo aquí y allá; el semáforo, el tráfico, el asfalto gris y húmedo. . .  En fin. Que pena me da verla así, anoche la escuché discutir otra vez, puede que haya discutido con él, ¿Cuándo entenderá que no le conviene? Pero es tan terca, que nada ni nadie la harán entender, bien dicen que no se aprende en carne ajena. Su madre, su padre, su hermano y la chica esa. . . Siempre olvido su nombre, Valentina creo, todos le han explicado al menos diez veces que ese hombre al que tanto adora solo le va a causar más dolor. Que si yo pudiera hablar, la buena regañada que le hubiera puesto ya. Ahí viene con agua para mí, me va a decir que soy muy bonita y que he crecido muy bien, voy a tratar de sonreírle de nuevo, tal vez hoy si lo note, o tal vez no. Apenas suena su teléfono corre desesperadamente a responder, ríe, afirma tres veces con la cabeza al mismo tiempo que dice “¡si, si, claro que si!” y corre de regreso al baño. El buen Carlos le llamo para pedir perdón, estoy segura, no por nada se pone su vestido favorito y se colorea los labios. Está tan emocionada, le va a comprar un regalo caro, él siempre hace eso después de hacerla llorar. Pero ni comprándole todas las joyas del mundo se va a recompensar el hecho de que ella siempre ha sido su plato de segunda mesa, es que el buen Carlos aún no se siente listo para dejar a su esposa, no quiere causarle daño a sus hijos, el qué dirán lo tiene muy preocupado y no queremos que toda su campaña de “politiquillo buena gente” se estropee si todos se enteran que tiene una bella amante 20 años menor, pobre hombre como sufre. ¡Patrañas! Eso es mera cobardía. Ya me enoje, ahora que se vaya ni la voy a voltear a ver. Aunque se vea muy bonita y su sonrisa luzca radiante, con los ojitos felices ¿a quién engaño? No podría resistirme a verla. Esa miradita fugaz que me lanza a la ventana antes de dormir, al despertar, cuando entra al cuarto y de vez en cuando solo por placer, pareciera que se quiere asegurar de que sigo aquí completita, solo para ella. Así es, y así será. Es decir, yo le pertenezco, con cada uno de mis delgados pétalos, soy suya, lo soy por amor, por placer y porqué no tengo más opción. Me encanta verla sonreír frente al espejo, se sonríe a sí misma. Se rocía perfume y sale por la puerta casi dando brincos. Si yo fuera capaz de suspirar lo haría cada 2 minutos solo por ella, por Sara, mi bella Sara. Cuanto la adoro, y adoro escucharla decir mi nombre, “buenos días Margarita” y entonces siento que mis hojitas se me caen de la emoción. Quisiera hacerla feliz, la haría feliz a todas horas, la llenaría de abrazos; me encantaría poder oler su cabello, besarla antes de dormir. Pero no puedo, estoy encadenada a este montoncito de tierra contenido en una fea maceta.
No ha regresado en todo el día, ya van a dar las diez. Comienzo a contar los segundos guiándome con las manecillas del reloj, “tic, toc; tic, toc” así me pierdo como vagabundo en los recuerdos, la pienso para no extrañarla. Y cuando menos lo espero la puerta se abre precipitadamente, es ella, y ese hombre alto y moreno es el buen Carlos, luce descompuesta, pálida, Carlos casi la arrastra, la sostiene sobre su hombro para ayudarla a caminar. “Camina despacio” le dice, pero ella no tiene ninguna expresión, no levanta la mirada, ya ni siquiera tiene color en sus labios. ¿Qué le hiciste ésta vez Carlos? Ahora si se me van a caer las hojitas ¡pero de rabia! Como quisiera gritarle que la dejara en paz, que se alejara para siempre, que desapareciera por completo. La ayudó a sentarse sobre la cama, parece que carga una muñeca de trapo, sus brazos cuelgan de sus hombros como hilos y su cuello no es capaz de sostener su cabeza “Carlos, te juro que es tuyo” le dijo con voz ronca y decadente. “Sara, no insistas, ya te explique que no puedo ser su padre. Te ofrecí todo para acabar con esto, quiero tu silencio, entiéndelo. Ya no me busques, esto ya se terminó”. Se dio media vuelta y se marchó silencioso, Sara rompió en llanto, y yo aún no logro creer lo que acaba de suceder frente a mí. Después de pasar varias horas tratando de llamarlo desquiciadamente, se seca los ojos, camina lento, sin fuerzas, abre tranquilamente el cajón junto a su tocador y saca varios frascos que al vaciarlos dejan salir un montón de pastillas. Las tomó todas y las tragó, quiero pensar que eso la va a ayudar, pero nunca antes la vi tomar tantas pastillas juntas y eso me preocupa. Se acercó a mí, “buenas noches Margarita” y regreso a su cama casi flotando como alma en pena.
Tengo mucha sed, han pasado tres días ya, y sigo esperando que Sara despierte.