Visitas de la semana

12 febrero 2013

Damián


Al enterarse de la tragedia, el pueblo entero le lloró. Gente de pueblos cercanos acudieron a su funeral. Era la fiesta de lágrimas  más grande que había tenido aquel lugar. Su funeral  fue el más asediado, nunca hubo tanta gente reunida por su causa. La familia y amigos que nunca tuvo estaban ahí, profiriendo plegarias por su alma, lamentándose a llanto abierto, a todos los ahí presentes les dolía la vida.
      Vivía a afueras del pueblo, en un rancho extenso, adoraba el campo, la hierba fresca y pasear a caballo. Para él eso era la vida; recorrer los campos, recostarse sobre la tierra y contemplar el cielo, darle vida a cada nube, crearles una historia. Damián era un niño muy inteligente y creativo, gozaba de una diafanidad que le permitía ser  totalmente feliz  y por la misma causa, cuando alguien lo veía fijamente a los ojos, podía ver a través de ellos el sentir de su alma. Cuando Damián observaba a lo lejos las ostentosas fiestas que los dueños del rancho realizaban se quedaba perplejo de lo que los invitados y todos los allí reunidos desperdiciaban.
     “Yo no necesito del dinero para ser feliz, trabajo por mi comida, por nuestra comida. –Le decía a su incansable acompañante.— Tenemos el  cielo para recorrerlo juntos cuantas veces se nos antoje.” Mientras Porfirio, su perro, se echaba a un lado de él, parecía muy atento a las palabras de su amo.
       Una  mañana el Sr. Joaquín, dueño del rancho, mandó llamar a Damián. A doña Margarita, la esposa del dueño, no le gustaba que el niño, mucho menos el perro, entrasen a la casa. Cada vez que la señora lo veía, lo hacía con un desdén cual si mirara al ser más despreciable en la tierra.
       —Necesito un favor muchacho. He comprado un par de viejos y muy valiosos tarros en el pueblo, allá con don Pánfilo, y sólo confío en ti para que me los traigas en buen estado. Ya le he pagado, dile que yo te envío. –Le encomendó el  Sr. Joaquín a Damián--,  y esté con gran obediencia y entusiasmo salió disparado a buscar a Porfirio para partir al pueblo. A  Damián le encantaba ir al pueblo, disfrutaba caminar por las coloridas calles, aunque, no entendía porque nadie quería una amistad con él o porque todos le hacían mala cara.
       —Ahí está, Porfirio, la tienda de don Pánfilo, anda, vamos por los dichosos tarros.
       Porfirio se adelantó, como si bien lo supiera y entró con aire triunfal a la tienda.
       — ¡Porfirio, espera!
       — ¡¿Qué hace este cochino perro en mi tienda?! —Preguntó con evidente enojo el tendero. —Lo siento don Pánfilo, él es mi perro Porfirio, puede estar usted tranquilo, no hará ningún daño, además está muy limpio. Al dueño de la tienda le parecía una grave grosería que ese par de infames—como él lo pensaba, — estuvieran dentro de su tienda. 
       —Vengo por los tarros del Sr. Joaquín, por favor.
       Don Pánfilo vio con desconfianza al niño, y con sorna e intentando sacar provecho preguntó: “Y ¿quién me los va a pagar? ¿Tú?
  —El Sr. Joaquín me ha dicho que la cuenta ya está saldada.
            Después de una batalla, Damián regresó al atardecer al rancho, con tristeza en la cara  y las manos vacías. Le explicó lo que había ocurrido en el pueblo. El Sr. Joaquín se mostró muy enojado y su esposa de inmediato lo acusó de ladrón y desvergonzado. Damián dirigió la mirada con los ojos vidriosos y llenos de coraje a hacia la señora, intentaba explicar su situación.  El Sr. Joaquín confiaba totalmente en él, así que le pidió con voz autoritaria a su mujer que se callara y retirara.
      Al día siguiente Damián regresó al pueblo y esta vez no sólo lo acompañaba Porfirio, también lo hacía el Sr. Joaquín. Cuando el tendero, don Pánfilo, los vio se quedó azorado y cuando aquéllos abandonaron el lugar, se quedó aun más por lo que acaba de oír.
     Cuando caminaban por el pueblo, Damián  le contó su fascinación por el lugar al Sr. Joaquín y también su frustración por no saber cuál era la razón por la que todos ahí lo tratasen de esa manera. Al mismo tiempo que ellos paseaban, la gente que los veía lo hacían con asombro y se hablan en voz baja unos con otros.
     —No te sientas ofendido, —le decía el Sr. Joaquín—ellos  no te conocen y les da miedo tu viveza, tu evidente alegría por la vida, pues ellos apenas  y viven.
     Damián se sentía muy querido por el Sr. Joaquín   y él  lo quería también, sentía un agradecimiento enorme hacia él, pues sabía que lo acogió cuando apenas tenía unos meses de nacido, aunque, no conocía las razones. Damián reflexionaba a cerca de lo que el Sr. Joaquín le había dicho, y era cierto, los demás no parecían felices. “Son unos caras duras y malhumorados.” Se dijo a sí mismo.
       El tiempo pasó presuroso, una noche Damián llevó  a su  cuerpecito de niño  a la cama, y a la mañana siguiente, éste  ya era un hombre, igual de vivaz que antes. Los rasgos de su rostro ahora eran más gruesos, aunque muy  bien delineados. Veía a Porfirio muy cansado y lo cuidaba más que siempre, aunque, ya no pasaba tanto tiempo con el can, pues ahora  trabajaba cultivando las tierras del rancho. El Sr. Joaquín, el rancho y la gran mayoría en el pueblo parecían muy desteñidos y apagados. El propietario del rancho era ya un hombre mayor, su esposa había muerto hacía ya algunos años y eso lo enfermó. Damián lo procuraba mucho, cada semana iba al pueblo, aun sin agradarle a alguien, a comprar las medicinas que su patrón  necesitaba. A veces lo acompañaba el pobre Porfirio, que apenas  y podía sostenerse. Una tarde cuando Damián se encontraba en la farmacia, Porfirio se dejó llevar por el crudo olor de las carnes que se exhibían en el local contiguo, el animal siguiendo su instinto se adentró a la carnicería, en cuanto el encargado lo vio, lo corrió a gritos y a chorros de agua, aquél muy asustado huyó tirando todo a su paso, el carnicero lleno de rabia lo siguió y  lo molió a palos.  En cuanto Damián escuchó el alboroto, corrió a ver lo que sucedía.
       — ¡Porfirio! ¡No! ¡Aléjese! —Grito éste muy turbado—. Empujó al carnicero y vio a su compañero en el suelo, inmóvil, con el hocico lleno de sangre. Damián dio un estridente grito de dolor. Ya nada podía hacer, el cuerpo de Porfirio yacía mansamente en el suelo, muerto. Damián  por primera vez sintió odio, rencor y tristeza, una muy profunda tristeza.
      Un año había pasado  desde la muerte de Porfirio, Damián estaba repuesto, no del todo, pero le iba bien: trabajaba desde que el primer rayo de sol bañaba al pueblo hasta que  el mismo se ocultara. Por las noches cuidaba del Sr. Joaquín, quien estaba ya muy desmejorado.
Una noche como todas Damián penetró  la habitación del Sr. Joaquín, éste se encontraba tendido en su cama, plácidamente dormido, el muchacho no lo quería molestar, pero tenía  que despertarlo, pues era hora  de su medicamento. El Sr. Joaquín no despertó. “Plácidamente muerto, no dormido.” Pensó con los ojos hundidos en un salvaje mar. Dos días después le dieron  sepultura al cuerpo muerto  del Sr. Joaquín. Damián era el único realmente afectado por la pérdida, se encontraba ensimismado en su tristeza. “Me queda el cielo para recorrerlo.” —Se dijo— “Y ¿de qué me sirve, si ya no tengo con quien compartirlo?” Se preguntó con los ojos puestos en las nubes, ahora éstas estaban igual de muertas que Porfirio y el Sr. Joaquín.
       Muy pronto Damián se enteraría que había  heredado el rancho y medio pueblo, ahora él era el dueño de los bienes que ni siquiera sabía  que se encontraba en el poder de su difunto patrón. Cuando la gente se hubo enterado de esto tuvieron miedo de perder sus trabajos y casas, pues pensaron que Damián  les quitaría todo por venganza. Sin embargo, Damián puso a producir tierras del rancho  como nunca, también ayudó a la gente del pueblo y todos le estaban muy agradecidos.
         A los 30 años, Damián  comenzó a tener graves problemas de salud. Había heredado la enfermedad de su madre, a quien él nunca conoció, padecía una enfermedad degenerativa, la cual estaba acompañada de insoportables dolores de cabeza y pérdida parcial de la vista. Esto, de alguna manera influía en la actitud de los demás hacia Damián. Su madre era muy conocida en su tiempo, no obstante, de esto, él nunca se enteró.
            El pueblo celebraba dichoso las aportaciones de Damián, su gran capacidad administrativa y sobre todo, que después de tanto no les guardara ningún rencor. Lamentablemente, Damián no pudo disfrutar más de todo ello. Cinco años más tarde, sin que nadie se diera cuenta, Damián murió, solo, enfermo y en el fondo muy satisfecho.